¡Bendito el que viene
en nombre del Señor!

Mons. Faustino Armendáriz J.
Obispo Electo de Querétaro
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| ARTICULO ESPECIAL "LA VESTIMENTA" |
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«Aunque sólo iba como turista, no me dejaron entrar al Vaticano debido a la ropa que llevaba puesta» - La victoria histórica del pudor cristiano - Los «no» de la ropa en la casa de Dios - Vestirse bien, ¿vanidad o virtud? «Aunque sólo iba como turista, no me dejaron entrar al Vaticano debido a la ropa que llevaba puesta»
Una mujer española, de nombre Náyade Urrerosto, escribía en 2007, en un blog, una experiencia suya que aquí extractamos:
«En mis vacaciones de agosto de este año he viajado a Roma. A pesar de que cada día estoy más alejada de las ‘verdades reveladas’ por ser irracionales, no dudé en dedicar una tarde a visitar el Vaticano. Tras esperar más de media hora en la cola de visitantes y turistas y después de haber pasado por el control inicial del escáner, ví a lo lejos que, en un segundo control, algunos increpaban a un hombre encorbatado (a pesar de los casi cuarenta grados a la sombra), y mostraban su indignación. Ya cerca, pude ver una especie de panel con unos dibujos y unas palabras en inglés que marcaban cómo se podía acceder y cómo no, según la vestimenta que se llevara puesta. El acceso estaba prohibido a los que no llevaran pantalón o falda larga o a los que tuvieran los brazos al descubierto.
«En pleno mes de agosto, con un calor bochornoso, lógicamente pocos eran los que iban vestidos de invierno. La mayoría éramos turistas. Sólo los afortunados que iban en grupos organizados y ya prevenidos de esta norma, no tenían problema de acceso.
«Yo considero esto un despropósito, puesto que mi pantalón corto y mi blusa de tirantes no es un atuendo ni muchísimo menos indecente como para impedirme acceder dignamente al templo cristiano, un recinto religioso público, pues el Vaticano se financia con dinero público.
«Intercambié algunas palabras con una una chica peruana. Me dijo que ya no le interesaba entrar en el macro-templo católico porque se había sentido insultada y humillada como mujer y como ser humano. Tenía razón. La verdad es que estábamos siendo testigos y, a la vez, objeto de una ridícula discriminación más propia de zotes retrógrados y tiranos que de ciudadanos del siglo XXI. ¿Es decente impedir el paso a quien no tapa su cuerpo? ¿Es decente preconizar unas normas de vida rígidas, intolerantes y radicales?».
¿Víctimas o agresores?
La señora Urrerosto se considera, pues, una víctima de la supuesta intransigencia de la Iglesia de Jesucristo. Igual que ella opinan muchos hombres y mujeres.
Según la cada vez más extendida visión mundana, la Iglesia fue fundada por Cristo no para servir como vehículo de conversión y salvación eterna del hombre, sino como estación de servicios a la carta, donde cada quien puede hacer lo que se le dé la gana y tratar a los templos católicos ya no como lugares para glorificar a Dios sino más bien como pasarelas de moda donde en cada boda, en cada Misa de quince años, etc., se hace gala de las más nuevas y voluptuosas tendencias del vestir, donde entre más grande sea el escote o más corta sea la falda se es más chic. ¡Y cuidado con que un obispo, un presbítero o un cristiano seglar les haga ver lo deshonroso de tal exhibición porque se lo comen vivo, acusándolo de «oscurantista», «retrógrado», etc.
Invocar el supuesto «derecho» de ingresar en un templo de Jesucristo con la vestimenta del gusto de cada quien bajo el argumento de que es un «edificio público» es una muestra total de ignorancia, pues sólo el grupo de feligreses se encargan de sostenerlo y nadie más. El recinto del Ayuntamiento, el palacio de Gobierno, la biblioteca estatal, el monumento X o Y, etc., ésa sí es verdadera propiedad pública, pagada con el dinero de los impuestos de los ciudadanos; y ni aun así se puede deshonrar tales sitios, so pena de acabar en prision o pagando una multa.
Los que quieren hacerse pasar por «víctimas» de la Iglesia si ésta les pide vestir adecuadamente son, en realidad, agresores de ella: insultan a Dios y a los cristianos en su propia casa, algo que, ni por asomo, se les ocurriría hacer a los anticatólicos si vistaran una sinagoga o una mezquita.
Hay que hacer algo
Lo que hace el Vaticano y que se repite en los templos romanos debería encontrar eco en el resto del mundo cristiano. Cierto que no faltarán las burlas, tales como las de la señora Urrerosto, que se ríe de los que visten con decencia diciendo que van «vestidos de invierno»; pero eso es algo que no debiera pereocupar.
Hacen falta pastores y fieles más celosos de la casa de Dios, tal como Cristo fue celoso del templo de Jerusalén a pesar de que éste merecía —con todo respeto— mucha menos gloria que la que merece hasta la más diminuta capilla católica donde aguarda en su trono del Sagrario el Rey de Reyes.
«El celo de tu casa me devora» (Jn 2, 17).
D. R. G. B.
La victoria histórica del pudor cristiano
Por José María Iraburu / Extractado de «Elogio del pudor»
En el relato bíblico ya citado, Adán y Eva, antes de ser pecadores, estaban ambos desnudos, «sin avergonzarse de ello» (Gn 2, 25), pues en alma y cuerpo eran santas imágenes de Dios. Pero una vez degradados por el pecado, sus sentidos se rebelan contra el dominio de la libre voluntad, experimentan, como dice san Juan, «la vergüenza de la desnudez» (Ap 3,18), tratan ellos mismos de taparse de algún modo, y el Señor Dios, acudiendo en su ayuda, «vistió al hombre y a su mujer» (Gn 3, 21) y los arrojó del Paraíso.
El vestido, un recordatorio y una añoranza
El vestido, pues, ese velamiento habitual del cuerpo, que Dios impone al hombre y que incluso éste se impone a sí mismo, viene a ser para el ser humano un recordatorio permanente de su propia indignidad, es decir, de su propia condición de pecador. Y al mismo tiempo —adviértase bien—, el vestido es para el hombre una añoranza de la primera dignidad perdida, un intento permanente de recuperar aquella nobleza primitiva, siquiera en la apariencia.
La tradición unánime cristiana —tradición en la que coinciden el antiguo Israel, el islam y muchas otras religiones y culturas— exige, pues, el velamiento habitual del cuerpo humano, al mismo tiempo que reprueba su desnudez como algo malo y vergonzoso.
El rito sacramental del Bautismo recuerda el sentido espiritual del vestido cuando el sacerdote impone una vestidura blanca al recién bautizado: «N., eres ya nueva criatura, y has sido revestido de Cristo. Esta vestidura blanca sea signo de tu dignidad de cristiano. Ayudado por la palabra y el ejemplo de los tuyos, consérvala sin mancha hasta la vida eterna».
Está claro que es la fe lo que reveló a los cristianos la dignidad de su propio cuerpo y la belleza del pudor y de la castidad; se les hizo aun más patente gracias a la fe en la resurrección de los cuerpos, destinados éstos a una glorificación celestial en la otra vida.
Hace veinte siglos, en los comienzos del Evangelio en el mundo, sobre todo en el ámbito del mundo griego y romano, el pudor cristiano hubo de afirmarse con sumo esfuerzo en medio de un impudor generalizado. En la historia de la Iglesia naciente, el desarrollo social del pudor y de la castidad constituye uno de los capítulos más impresionantes. En esa historia se comprueba que, realmente, el Espíritu Santo tiene poder para «renovar la faz de la Tierra». El Evangelio, en efecto, teniéndolo todo en contra, vence al mundo y crea en todos esos valores una nueva civilización.
De hecho hoy, por ejemplo, en los foros internacionales, hasta los mismos representantes de pueblos desnudos se avergüenzan de su desnudez, y se presentan vestidos. Se ha impuesto, pues, en el mundo, aunque sea muy precariamente, el pudor, es decir, el verdadero «modelo» originario, reinventado por el Hombre nuevo, Jesucristo.
«¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿No sabéis, acaso, que vuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo, que habita en vosotros?» (I Co 6, 19)
Los «no» de la ropa en la casa de Dios
Hace falta predicar a los fieles acerca de los peligros espirituales que pueden traer las faltas al pudor.
Ya lamentaba el Papa Pío XII en 1954: «Cuántas jovencitas hay que, como tantas ovejas, no ven nada malo en seguir ciertos estilos desvergonzados. Ciertamente se ruborizarían si supieran la impresión que hacen, y los sentimientos que evocan en las personas que las ven».
Para colmo, muchos de estos estilos hoy son lucidos incluso dentro de los templos durante la celebración de la Eucaristía.
Si cierto tipo de vestido constituye una ocasión grave y próxima de pecado, y pone en peligro la salvación de la propia alma o de la de los otros, es deber del verdadero cristiano abandonarlo.
He aquí algunas directrices fáciles de entender:
Para mujeres
La vestimenta inadecuada para que una mujer asista a la Misa dominical sería la siguiente:
+ Ropa transparente.
+ Ropa escotada, strapless o de tirantitos.
+ Blusas, camisetas, sudaderas, chamarras, etc., con letreros, especialmente los de mensajes sensuales («conquístame», «chica fácil», «pretty girl», etc.).
+ Ropa que deja al descubierto parte del abdomen (las «ombligueras») o de la espalda.
+ Pantalones cortos: shorts, bermudas, bikes, etc.
+ Pantalones ajustados y, en general, cualquier ropa ajustada.
+ Faldas o vestidos que dejen a la vista parte de los muslos.
+ Chanclas y zapatos provocativos.
Estas normas hay que aplicarlas también en el caso de las bodas, bautizos, primeras comuniones y ceremonias de quince años, incluyendo en ello lo mismo a las invitadas que a las madrinas y hasta a la novia o la quinceañera.
Hay casos particulares en los que es necesario hacer ciertas excepciones. Por ejemplo, una estudiante que desea asistir a Misa entre semana antes de entrar a la escuela no tiene por qué renunciar a ello si se ve obligada a asistir con su uniforme deportivo (en pants y tenis, pero no en shorts). Es cuestión de emplear el sentido común.
Para hombres
La vestimenta inadecuada para que un hombre asista a la Misa dominical sería la siguiente:
+ Ropa desaliñada; por ejemplo, arrugada o sucia.
+ Camisetas sin mangas.
+ Camisetas, sudaderas o chamarras con letreros, especialmente los de grupos de rock o los que transmiten mensajes de rebeldía o satanismo. También las que ostentan calaveras, demonios o cualquier dibujo degradante.
Igual que con las mujeres, habrá casos particulares en los que convendrá hacer ciertas excepciones.
La vestimenta ideal
Siglos atrás, cuando la gente tenía en general mucho menos recursos económicos que los que se tienen ahora, aun así cada persona hacía lo posible por tener un «traje de domingo». Los varones intentaban presentarse a la Eucaristía con camisa, saco y corbata, y las mujeres con un vestido digno. Los cristianos daban tanta importancia a la gloria de Dios en su Casa, que si no hacía mucho frío y no se contaba más que con un par de zapatos, se permitía andar a los niños descalzos entre semana para que el calzado no se desgastara y pudieran llevarlo lo más presentable posible a Misa.
Sin necesidad de llegar a tales extremos, sí sería muy adecuado recordar que la Eucaristía es una fiesta, y no cualquier fiesta, sino la fiesta del Señor.
Vestirse bien, ¿vanidad o virtud?
Por el profesor Plinio Correa de Oliveira (1908-1995) / Tradition in Accion.
Recibí una pregunta acerca de la forma en que uno debería presentarse.
Pregunta: ¿Por qué debemos vestirnos bien? ¿Acaso el preocuparse de tener una buena presentación no es una manera de favorecer la vanidad?
Respuesta: El razonamiento detrás de esta pregunta es el siguiente: El hombre debe evitar todo lo que propicia el pecado. Ahora, el vestirse bien puede propiciar la vanidad, que es una forma de pecado. Por lo tanto, uno debería evitar vestirse bien.
Permítaseme aplicar este razonamiento al tema del estudio. Estudiar puede propiciar la vanidad. Por lo tanto, se debe evitar estudiar.
Lo mismo podría aplicarse también a la higiene. Mantenerse uno mismo limpio, puede propiciar vanidad. Por lo tanto, se debe evitar la ducha y el baño.
Si uno siguiera aplicando este razonamiento a las diferentes esferas del comportamiento humano, al final, la situación ideal para la práctica de la virtud sería la barbarie. La barbarie es la consecuencia lógica de este razonamiento. Pero ésta es una conclusión absurda. Ahora, todo lo que lleva a lo absurdo es falso. Por lo tanto, este silogismo es falso.
La verdadera respuesta es que en todo lo que hace el hombre puede entrar el abuso. Uno puede abusar de la inteligencia, de la cortesía, del vestirse bien, e incluso de la virtud, ya que una persona puede ser orgullosa de la virtud que practica. Esta no es una razón para abandonar las costumbres civilizadas, sino que deben ser practicadas con un ojo vigilante vuelto hacia la reducción y el control de la vanidad.
Un hombre civilizado se presenta a sí mismo limpio y decente, con la dignidad que exige su condición social. Al hacer esto se demuestra el respeto que tiene para sí mismo y el respeto que tiene a Dios, quien siempre está en su presencia.
Cada uno de nosotros es digno de respeto porque fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, bautizados en la Iglesia católica, transformados en templo del Espíritu Santo, y elegidos por la Virgen para servir a ella. Por lo tanto, debemos presentarnos a nosotros mismos en concordancia con esta dignidad.
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